¿Cuáles son mis derechos?
Trabajos de los estudiantes

Programa ¿Quién soy yo? de Kidlink

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Cuento de Valeria Amuedo
Introducción
Existen niños despojados de lo más esencial, sus derechos, esos derechos a los que deberían estar ligados desde el momento en que son expulsados, tan escrupulosamente a este mundo desentendido de la responsabilidad que esas inocentes vidas implican.
Les contaré una historia dotada de realidad y con una pizca de ironía. Una historia que espero, llegue a lo más profundo de sus corazones, instalando y fluyendo hasta llegar a la razón y lidiando con ella, hasta que la misma comprenda que lo más importante son, "nuestros futuros", los niños.

Clara y Paco: el dolor de crecer en la calle.

En un lugar no muy alejado, en un tiempo nada lejano existieron y existen inimaginables cantidades de inocentes vidas careciendo de protección y amor, vidas a las cuales sutilmente llamados "niños de la calle". Sufriendo, vagando, esperando por esa pequeña ilusión de que quizás algún día el sol también saldrá para ellos.
Muchos hay de ellos aunque pretendamos no verlos, pero un día, yo sí vi a dos de ellos. Clara y Paco eran sus nombres, caminando bajo un crudo y mojado invierno, que parecía no querer cesar en truenos. Quizás por eso me decidí a velar por ellos.
Me acerqué sigilosamente, mientras que por mi mente la palabra "problemas" no dejaba de rondar, Clara me vió venir, miró a Paco y luego se sentaron, cuando por fin llegué a ellos, agachándome y extendiéndoles las manos les dije:
- Hola,¿ cómo se llaman?
A lo que Clara contestó.
- ¿Vos quién sos? ¿qué te importa cómo nos llamamos?
- Me llamo Noelia, soy doctora en el Sanatorio de acá a la vuelta, me interesa saber sus nombres porque me gustaría que durmieran en casa por lo menos hoy, que está tan fea la noche, ¿qué dicen ustedes?
- ¿Tu casa queda muy lejos?
- No, siete cuadras, pero vamos en auto.
- Bueno, está bien, porque acá hace un frío.
De inmediato subimos al auto y nos fuimos a casa, Paco no parecía tener más de ocho años y Clara andaba por los once. Los dos estaban mojados, sucios y muy delgaditos, señal de que no comían muy seguido. En lo poco que tardamos en llegar no pronunciaron palabra ninguno de los dos, y por alguna razón yo tampoco hablé.
Al llegar a casa noté que se sentían bastante incómodos, supongo que al ver todo limpio y ordenado, se vieron fuera de lugar. De inmediato los llevé al baño para que se secaran y les dí unos buzos que les quedaron bastante grandes. Luego  les ofrecí leche con bizcochos ya que no tenía nada preparado, y empecé a preparar de comer.
En cuanto terminaron de comer, les pedí que se acercaran y que me contaran su historia, Paco bajó la mirada y empezó a jugar con el vaso como evadiendo mi pedido. En cambio Clara me miró fijo a los ojos y después de un instante de silencio me dijo:
No sé de que te sirve nuestra historia, pero si vos querés, yo te cuento. Nosotros somos hijos del Toco, un chorro de esos que suben a los ómnibus a chorrearle la plata a los pasajeros, además de que nos explotaba a nosotros, y cuando no traíamos plata nos rompía el lomo. Entonces un día me levanté media loca y me lo llevé a Paco lejos del Toco, ya me tenían podrida los palos que nos daba el muy podrido. De mi mamá no te puedo decir mucho porque casi no la conozco, lo que sé, según el Toco, era una atorranta, se ve que no nos quería nada, porque se fue y nos dejó con ese para que nos matara a golpes y de hambre. Hace como tres años que andamos por la calle solos y la verdad que la pasamos muy mal, pero mejor solos que mal acompañados. Si te cuento el hambre que pasamos y los fríos y los sustos. Hay gente que se hace la buena y nos da un pan viejo, se creen que con eso se ganan el cielo mientras nosotros andamos solos en la calle y no tenemos ningún lugar para vivir.
A veces venían tipos que nos querían llevar a esos lugares de niños, pero nosotros nos escondíamos porque en casi todos esos lugares te tratan mal y los guachos son repodridos y te pasan jodiendo. Así que preferimos quedarnos solos.
A mí me cuesta un poco imaginarme lo feo que es, yo siempre estuve en familia y una buena familia, donde si bien me rezongaban y castigaban cuando me portaba mal, también me quieren mucho y desean lo mejor para mí.
- Nosotros dos no sabemos que es que nos quieran, porque nunca nadie nos quiso, a veces me dan ganas de llorar pero no lloro porque sino los otros andan diciendo que soy una maricona, me da una bronca cuando veo a esas nenitas pituquitas que te miran de arriba a abajo; ni que yo fuese apestosa... me dan ganas de bajarles los dientes.
- Yo al final no entiendo porqué la gente se la pasa diciendo "hay, pobrecitos, no tienen nada para comer, no tienen casa, están sucios, le pegan"....., ¿qué hacen ellos por nosotros? Aaah, sí, sentir lástima, claro, como si eso nos ayudara. A mí no me importa la lástima, yo quiero una vida como la tuya, por ejemplo. Todos los gurises de la escuela dicen que la escuela es fea, pero a mí me gustaría poder ir aunque sea un día, pero ni eso.
Clara no habló más, seguramente porque el ahogo que sentía junto a las lágrimas que caían de sus ojos se lo impedían. Yo no los traje al mundo, yo no los golpeaba, yo no era parte de sus vidas, pero aún así sentía esa irremediable culpa en todo mi ser, que me invadió de tal manera que no pude contener el llanto. Rompí a llorar y de inmediato abracé a esos dos niños con alma y cuerpo, lo más fuerte que pude.
Hoy ya pasaron diez años de esto, Clara pudo con el poder de sus ganas terminar Primaria, ahora va al Liceo Nocturno y piensa seguir Arquitectura. Hace poco que tiene novio, se llama Ruben, no es perfecto pero la quiere.
Paco es medio denso para el estudio y odia la historia, quizás porque le hace recordar a la suya, pero le encanta el fútbol y es muy bueno en eso. Quien te diga que no termine en Peñarol , su cuadro de corazón. Ya dejó de ser ese nene flaquito y tímido, ahora es un corpachón avivado, y si no, que lo diga Lucía, su novia.
Yo sigo acá en el mismo Sanatorio, y con unas ganas enormes de llegar a casa a ver a mis chiquitos, Clarita y Paco.


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Página  mantenida por Lely Núñez Coronel.   Actualizada en diciembre, 2000.
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